Los
primeros metales debieron de encontrarse en forma de pepitas. Y con
seguridad fueron trozos de cobre o de oro, ya que éstos son de los
pocos metales que se hallan libres en la naturaleza. El color rojizo
del cobre y el tono amarillo del oro debieron de llamar la atención, y
el brillo metálico, mucho más hermoso y sobrecogedor que el del suelo
circundante, incomparablemente distinto del de las piedras corrientes,
impulsaban a cogerlos. Indudablemente, el primer uso que se dio a los
metales fue el ornamental, fin para el que servía casi cualquier cosa
que se encontrara: piedrecillas coloreadas, perlas marinas...
Sin
embargo, los metales presentan una ventaja sobre los demás objetos
llamativos: son maleables, es decir, que pueden aplanarse sin que se
rompan (la piedra, en cambio, se pulveriza, y la madera y el hueso se
astillan y se parten). Esta propiedad fue descubierta por casualidad,
indudablemente, pero no debió pasar mucho tiempo entre el momento del
hallazgo y aquel en que un cierto sentido artístico llevó al hombre a
golpear el material para darle formas nuevas que pusieran más de
relieve su atractivo.
Los
artífices del cobre se dieron cuenta de que a este metal se le podía
dotar de un filo cortante como el de los instrumentos de piedra, y que
el filo obtenido se mantenía en condiciones en las que los instrumentos
de piedra se mellaban. Posteriormente vieron cómo un filo de cobre
romo podía volver a afilarse con más facilidad que uno de piedra.
Solamente la escasez del cobre impidió que su uso se extendiera más,
tanto en la fabricación de herramientas como en la de objetos
ornamentales.
El
cobre se hizo más abundante cuando se descubrió que podía obtenerse a
partir de unas piedras azuladas. Cómo se hizo este descubrimiento, o
dónde o cuándo, es algo que no sabemos y que probablemente no sabremos
jamás.
Podemos
suponer que el descubrimiento se hizo al encender un fuego de leña
sobre un lecho de piedras en el que había algunos trozos de mineral.
Después, entre las cenizas, destacarían pequeñas gotas de cobre
brillante. Quizá esto ocurrió muchas veces antes de que alguien
observara que si se encontraban piedras azules y se calentaban en un
fuego de leña, se producía siempre cobre. El descubrimiento final de
este hecho pudo haber ocurrido unos 4.000 años a. de C. en la península
del Sinaí, al este de Egipto, o en la zona montañosa situada al este
de Sumeria, lo que hoy es Irán. O quizá ocurriera simultáneamente en
ambos lugares.
En
cualquier caso, el cobre fue lo suficientemente abundante como para
que se utilizara en la confección de herramientas en los centros más
avanzados de la civilización. En una tumba egipcia se ha encontrado una
sartén con una antigüedad aproximada de 5.200 años a. de C. En el
tercer milenio a. de C. se descubrió una variedad de cobre
especialmente dura, obtenida al calentar juntos minerales de cobre y de
estaño, casi seguro que por accidente (fig. 1). A la aleación (término
que designa la mezcla de dos metales) de cobre y estaño se le llamó
bronce, y hacia el año 2000 a. de C. ya era lo bastante común como para
ser utilizado en la confección de armas y corazas. Se han hallado
instrumentos de bronce en la tumba del faraón egipcio Itetis, que reinó
aproximadamente 3.000 años a. de C.
El
acontecimiento histórico más conocido de la Edad del Bronce fue la
guerra de Troya, en la que soldados con armas y corazas de bronce
disparaban flechas con punta de este metal contra sus enemigos. Un
ejército sin armas de metal estaba indefenso frente a los «soldados de
bronce», y los forjadores de aquella época gozaban de un prestigio
semejante al de nuestros físicos nucleares. Eran hombres poderosos que
siempre tenían un puesto entre los reyes. Y su oficio fue divinizado en
la persona de Hefaistos, dios mitológico de la fragua. Incluso hoy día
-y no por casualidad- «Smith, o alguno de sus equivalentes, es el
apellido más común entre los pueblos de Europa.
La
suerte iba a favorecer de nuevo al hombre de la Edad del Bronce, que
descubrió un metal aún más duro: el hierro. Por desgracia era demasiado
escaso y precioso como para poder usarlo en gran cantidad en la
confección de armaduras. En efecto, en un principio las únicas fuentes
de hierro eran los trozos de meteoritos, naturalmente muy escasos.
Además, no parecía haber ningún procedimiento para extraer hierro de
las piedras.
El
problema radica en que el hierro está unido mucho más firmemente,
formando mineral, de lo que estaba el cobre. Se requiere un calor más
intenso para fundir el hierro que para fundir el cobre. El fuego de
leña no bastaba para este propósito, y se hizo necesario utilizar el
fuego de carbón vegetal, más intenso, pero que sólo arde en condiciones
de buena ventilación.
El
secreto de la fundición del hierro fue por fin desvelado en el extremo
oriental de Asia Menor, y al parecer en una época tan temprana como
1.500 años a. de C. Los hititas, que habían levantado un poderoso
imperio en Asia Menor, fueron los primeros en utilizar corrientemente
el hierro en la confección de herramientas. Se conservan cartas que un
rey hitita envió a su virrey, destacado en una región montañosa rica en
hierro, fechadas aproximadamente en el 1280 a. de C, y en las que se
dan detalles inequívocos sobre la producción del metal.
El
hierro puro (hierro forjado) no es demasiado duro. Sin embargo, un
instrumento o una armadura de hierro mejoraban al dejar que una
cantidad suficiente de carbón vegetal formara una aleación con ese
metal. Esta aleación -que nosotros llamamos acero- se extendía como una
piel sobre los objetos sometidos a tratamiento y les confería una
dureza superior a la del mejor bronce, manteniéndose afilados durante
más tiempo. El descubrimiento en territorio hitita de la manufactura
del acero marca el punto crucial en la metalurgia del hierro. Un
ejército protegido y armado con hierro duro podía enfrentarse a otro
ejército pertrechado de bronce con muchas probabilidades de vencer.
Estamos en la Edad del Hierro.
Mineral de hierro y Crisol
Figura
1. Crisoles primitivos ideados para alcanzar la temperatura adecuada
para la reducción de los diferentes minerales. En el horno para
cobre (a) la mena fundía en un crisol sobre fuego de leña. La
reducción del mineral de hierro (b) requería más calor, y para
obtenerlo se llenaba el horno de carbón vegetal, suministrando oxígeno
mediante un fuelle.
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Los
dorios, antigua tribu griega, equipados con armas de hierro,
invadieron la península de Grecia desde el norte, más o menos en el
1100 a. de C, y gradualmente fueron venciendo a los pueblos micénicos
que, pese a su más avanzada civilización, sólo disponían de armamento
de bronce. Otros grupos de griegos penetraron en Canaán portando armas
de hierro. Eran los filisteos, que tan importante papel juegan en los
primeros libros de la Biblia. Frente a ellos los israelitas
permanecieron indefensos hasta que, bajo el mando de Saúl, fueron
capaces de fabricarse sus propias armas de hierro.
El
primer ejército abundantemente equipado con hierro de buena calidad
fue el asirio, lo que le permitió, 900 años a. de C., formar un
poderoso imperio.
Antes
de que apuntaran los días gloriosos de Grecia, las artes químicas
habían alcanzado un estado de desarrollo bastante notable. Esto era
particularmente cierto en Egipto, donde los sacerdotes estaban muy
interesados en los métodos de embalsamado y conservación del cuerpo
humano después de la muerte. Los egipcios no sólo eran expertos
metalúrgicos, sino que sabían preparar pigmentos minerales y jugos e
infusiones vegetales.
De
acuerdo con cierta teoría, la palabra khemeia deriva del nombre que
los egipcios daban a su propio país: Kham. (Este nombre se usa también
en la Biblia, donde, en la versión del rey Jacobo, se transforma en
Ham.) Por consiguiente, khemeia puede ser «el arte egipcio».
Una
segunda teoría, algo más apoyada en la actualidad, hace derivar
khemeia del griego khumos, que significa el jugo de una planta; de
manera que khemeia sería «el arte de extraer jugos». El mencionado jugo
podría ser sustituido por metal, de suerte que la palabra vendría a
significar el «arte de la metalurgia».
Pero, sea cual sea su origen, khemeia es el antecedente de nuestro vocablo «química».