En
la Edad Media, y especialmente en el período del 400-1000, conocido por la Edad
Tenebrosa, la preocupación teológica llena los espíritus y únicamente hacia
el siglo VII empieza a adquirir la Ciencia entre los árabes una cierta
importancia. Los conocimientos químicos aprendidos de los egipcios y las
ideas filosóficas heredadas de los antiguos a través de la Escuela alejandrina
dieron a la alquimia en manos de los árabes, y después en toda Europa, una
significación especial.
Esta
transmutación, conocida como la «Gran Obra», debía realizarse en presencia
de la «piedra filosofal» cuya preparación fue la tarea primera de los
alquimistas. En el siglo XIII se
extendió el objetivo de la alquimia al buscar el «elixir filosofal o de larga
vida», imaginado como una infusión de la piedra filosofal, el cual debía
eliminar la enfermedad, devolver la juventud, prolongar la vida e incluso
asegurar la inmortalidad. Se comprende que los alquimistas viejos dedicasen sus
últimas fuerzas a la consecución de este sueño.
Hoy
conocemos que el problema de los alquimistas no era en esencia absurdo, aunque sí
por la enorme desproporción entre los medios de que disponían y los que serían
necesarios. La producción artificial del oro para la ciencia del Medioevo era
un simple problema de técnica como puede serlo la del diamante para nosotros o
la fabricación de albuminoides.
La
Alquimia fue, en general, una práctica secreta debido a los hombres que la
relacionaban con la magia y a causa de Dios, pues los alquimistas se creían los
elegidos para ser depositarios de la verdad y por ello no debían divulgar sus
conocimientos. Escribieron en un
lenguaje hermético describiendo más bien operaciones qué hechos y haciendo
uso de signos y símbolos. Un libro de alquimia, el Liber
Mutus, no contiene ningún texto sino quince grabados, en su mayoría
ininteligibles, para hacer conocer la preparación de la piedra filosofal.
Para
un iniciado, un dragón que se muerde la cola es la imagen de la unidad de la
materia, un pájaro que levanta el vuelo es la sublimación, y un pájaro que
desciende a tierra es la precipitación. Un
toro o un león simbolizan la tierra, un águila el aire, una ballena el agua y
un dragón o una salamandra el fuego. Cuando GEBER
escribe “envíame
los seis leprosos que yo los curaré”, hay que adivinar que los seis leprosos
son los seis metales no nobles y que su curación consiste en su transmutación
en oro. Obligados a escribir en un estilo alegórico, confuso y lleno de
Misterio, y ofuscados por un exceso de dogmatismo filosófico, no es de extrañar
que la Alquimia progresase muy lentamente.
Los
trabajos de los alquimistas, aunque infructuosos en el descubrimiento de la
piedra filosofal y del elixir de larga vida, y estériles, por tanto, en la
consecución de la «Gran Obra», produjeron indudables progresos a la química
del laboratorio, puesto que prepararon un gran número de nuevas substancias,
perfeccionaron muchos aparatos útiles y desarrollaron técnicas que constituyen
la base de la subsiguiente investigación.
La
alquimia árabe aparece con su más brillante cultivador GEBER
(Abou Moussah Diafar al Sofi Geber), que parece vivió
y murió en Sevilla hacia finales del siglo VIII y fue uno de los sabios más
grandes del mundo. GEBER
escribió numerosas obras y entre ellas la Summa
Perfectionis, el tratado de Química más antiguo que se conoce.
Posteriores a GEBER
son RHASÉS
0 RAZÉs (siglo X), AVICENA
(siglo XI), cuyo prestigio fue inmenso como
alquimista, filósofo, astrónomo, matemático y, sobre todo, médico, y AVERROES
(1126-1198), nacido en Córdoba, célebre por sus
comentarios sobre ARISTÓTELES
y que ejerció un gran influjo en el pensamiento
medieval. Se reconoce a los árabes
el preparar la sal amoníaco, el aceite de vitriolo (ácido sulfúrico), el agua
fuerte (ácido nítrico), el agua regia, ciertos sulfuros metálicos, varios
compuestos de mercurio y arsénico, y la preparación del espíritu de vino
(alcohol).,
Hasta
las Cruzadas el árabe fue la lengua exclusiva de la Ciencia, y Córdoba el foco
de la cultura. La reconquista de
Toledo en 1085 y la creación de su Escuela de Traductores lleva a esta ciudad a
los estudiosos del mundo latino para aprender árabe y tomar contacto con la
nueva ciencia. Los siglos X, XI y
XII, de total postración científica en el mundo occidental, fueron los más
florecientes para la ciencia española (arábiga-judaica-cristiana), la cual, al
difundirse a toda Europa, originó en el siglo XIII un poderoso resurgimiento
científico en el que la Alquimia adquiere una extensa significación.
Se
debe a SAN ALBERTO la preparación de la potasa cáustica mediante la cal,
procedimiento que aún se practica en los laboratorios. Describe con exactitud
la afinación del oro y de la plata mediante copelación con plomo, establece la
composición del cinabrio, señala el efecto del calor sobre el azufre y emplea
por vez primera la palabra afinidad en
el sentido usado hoy día al decir que «el azufre ennegrece la plata y abrasa
en general a los metales a causa de la afinidad natural que tiene por ellos».
Explica en sus obras la preparación de la cerusa y del minio, y la de los
acetatos de cobre y plomo; expone la acción del agua fuerte (ácido nítrico)
sobre los metales, y señala, el primero, la separación mediante ella del oro y
de la plata en las aleaciones preciosas. En sus escritos se manifiesta enemigo
de la ciencia secreta, y cuando se le ve sostener que el oro de los alquimistas
no es el oro puro y que el cuerpo obtenido exponiendo el cobre a los vapores de
arsénico no es la plata, SAN ALBERTO adquiere categoría de precursor. En su tratado De
Alchimia expone las condiciones que debe reunir un alquimista, y que en su
casi totalidad pueden aplicarse a los químicos actuales.
Contemporáneo
de SAN ALBERTO
es el inglés ROGER
BACON (I2I4-I294),
fraile franciscano que profesó en París y en
Oxford, y la más vasta inteligencia que ha tenido Inglaterra. En su obra Speculum
alchimiae alude a un aire que es alimento del fuego y otro que lo apaga,
habla de una llama producida al destilar las materias orgánicas y vulgariza el
empleo de la pólvora. Defendió la experimentación y combatió con tesón a ARISTÓTELES.
Fue también un gran físico cuyos trabajos en el
campo de la Óptica fueron muy notables.
Debe
también mencionarse a SANTO
TOMÁS DE AQUINO
(1225-I274), el Doctor Angélico, discípulo de SAN
ALBERTO
en Colonia, que escribió un tratado sobre la esencia de los minerales y otro
sobre la piedra filosofal; RAMÓN
LULL o
RAIMUNDO
LULIO
(I235-I3i~5), el Doctor Iluminado, fogoso alquimista y apóstol español, de
Mallorca, que escribió numerosas obras e hizo escuela entre los alquimistas al
fijar la atención sobre los productos volátiles de la descomposición de los
cuerpos; ARNALDO
DE VILANOVA
(1245-1314), médico alquimista catalán, cuyas obras publicadas dos siglos más
tarde ejercieron una gran influencia; Nicolás FLAMEL
(1330-1418), francés, que consiguió enormes riquezas y que hizo creer a sus
contemporáneos que había descubierto el secreto de la piedra filosofal; y el
monje benedictino alemán Basilio VALENTIN
(siglo XV), de cuya existencia real se duda en la actualidad, autor de varias
obras, siendo la más conocida El Carro
Triunfal del Antimonio.

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